Cincuenta sombras de las «líneas rojas» del Kremlin
En la política y la diplomacia internacionales, el hecho de establecer claramente las posturas propias (las llamadas «líneas rojas») tiene un verdadero valor práctico: evitar errores de cálculo o escaladas no intencionadas, especialmente en contextos donde ya existe una gran tensión. El Kremlin es plenamente consciente de ello y, por esta razón, ha desplegado sistemáticamente su maquinaria de desinformación y manipulación para reafirmar la supuesta trascendencia de las «líneas rojas» trazadas por Moscú a fin de disuadir a Occidente de apoyar a Ucrania.
Veamos detalladamente las distintas «líneas rojas» que Moscú ha ido definiendo desde que lanzó su invasión a gran escala de Ucrania el 24 de febrero de 2022. Y analicemos cómo los portavoces de la propaganda pro-Kremlin han recurrido a desinformación angustiante para reforzar estas «líneas rojas» y qué ha sucedido cuando los aliados de Ucrania han descubierto que estos supuestos límites infranqueables no eran más que mentiras.
Finales de 2021: preparándose para la invasión
A finales de 2021, Rusia, tras haber movilizado a 150 000 efectivos a la frontera ucraniana y aumentado el nivel de agresión, lanzó un ultimátum. Bajo el nombre de «proyecto de acuerdo con la OTAN y EE. UU. sobre garantías mutuas de seguridad», Rusia exigió esencialmente a los países occidentales que cedieran toda Europa del Este a su esfera de influencia. Entre otras demandas, el Kremlin solicitó que Occidente entregara Ucrania a Rusia para ser desmembrada. Y, en una petición de lo más absurda, también exhortó a la OTAN a «hacer sus maletas» y regresar a sus fronteras de 1997. Esto evidenció el total desprecio del Kremlin por la soberanía de países como la República Checa, Hungría, Polonia, Estonia, Bulgaria, Lituania, Letonia, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Albania, Croacia y Montenegro, así como por el derecho de estos países de establecer acuerdos de seguridad propios y tomar decisiones en materia de política exterior de forma independiente.
A pesar de la agresiva retórica de Rusia, con sus «líneas rojas» y exigencias diseñadas para ser imposibles de cumplir, en enero de 2022 y a lo largo de cuatro días se llevaron a cabo tres rondas de negociaciones entre EE. UU., la OTAN, la OSCE y Rusia. El chantaje engañoso del Kremlin, que incluyó la difusión de desinformación sobre una supuesta expansión de la OTAN que cruzaba una «línea roja» para Rusia, no dio resultado y las partes no lograron alcanzar acuerdos sobre la mayoría de las cuestiones. Posteriormente, Rusia amenazó con «un deterioro inevitable de la situación en materia de seguridad para todos los Estados, sin excepción». El Kremlin cumplió con su palabra y, en la madrugada del 24 de febrero de 2022, lanzó un ataque contra Ucrania, lo que desató la mayor guerra en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
2022: el desvanecimiento de la primera «línea roja»
Sin embargo, a diferencia de lo que esperaba el Kremlin, Ucrania no se rindió durante los primeros meses de la guerra y sus aliados comenzaron a desafiar abiertamente las «líneas rojas» del Kremlin al suministrar armas más modernas y poderosas. Aunque durante los primeros meses del conflicto los aliados proporcionaron a Ucrania armamento defensivo ligero, en abril de 2022, tras la primera reunión del Grupo de Contacto para la Defensa de Ucrania, la situación dio un giro y el país recibió un primer envío de armamento pesado y material antiaéreo por parte de sus socios.
Rusia reaccionó con gran nerviosismo, afirmando que los aliados de Ucrania estaban «aprovechándose de la situación y de la caja registradora abierta de EE. UU. para vender armas obsoletas y chatarra a Ucrania». En mayo de 2022, el vicepresidente del Consejo de Seguridad ruso, Dmitri Medvédev, anunció «la posibilidad de que el conflicto con la OTAN desembocara en una guerra nuclear», mientras que en junio de 2022, el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso amenazó directamente con un ataque nuclear contra Polonia. Como es habitual, estos mensajes de la primera línea política rusa fueron reforzados por una serie de desinformaciones pro-Kremlin diseñadas para generar un clima de ansiedad. Sin embargo, los hechos siguen siendo los mismos: la primera «línea roja» de Rusia, el envío de ayuda militar occidental a Ucrania, no fue más que una pantomima para disuadir al mundo democrático de apoyar a Ucrania.
En octubre de 2022, Rusia comenzó a lanzar ataques contra la infraestructura crítica de Ucrania, con el objetivo de dejar a la población civil sin electricidad, sin agua y sin calefacción durante el invierno. En respuesta, los aliados decidieron suministrar a Ucrania modernos sistemas de defensa antiaérea, incluidos los sistemas móviles de interceptación de misiles tierra-aire (SAM) Patriot, de fabricación estadounidense. El Kremlin reaccionó rápidamente y acusó a los países de la OTAN de «jugar con fuego», jactándose una vez más de su potencial nuclear. Sin embargo, dado que la «línea roja» sobre la provisión de material militar letal a Ucrania por parte de Occidente también resultó ser intrascendente, los medios de desinformación pro-Kremlin intentaron desdecirse y afirmaron que el armamento occidental no era más que chatarra y que no representaba ninguna amenaza para la poderosa Rusia.
2023: de la defensiva a la ofensiva
Hasta principios de 2023, Ucrania recibió principalmente armas defensivas de sus aliados para frenar la ofensiva rusa. Sin embargo, cuando las fuerzas armadas ucranianas lograron liberar ciudades en las regiones de Járkov y Jersón, los aliados tomaron otra decisión crucial: la creación de la llamada coalición de los tanques, destinada a suministrar a Ucrania una significativa cantidad de material ofensivo pesado, incluidos tanques como el Challenger británico, el Abrams estadounidense y el Leopard alemán.
El Kremlin respondió con una oleada de críticas, afirmando que el suministro de armamento pesado a Ucrania demostraba que Occidente había «iniciado una guerra contra Rusia» y que los países de la coalición de los tanques estaban apoyando al «nazismo». También aseveraron que la coalición había tomado una «decisión extremadamente peligrosa» y que Alemania estaba «rehusando su responsabilidad histórica hacia Rusia, derivada de los crímenes del nazismo durante la Gran Guerra Patria». Pero Occidente entregó los tanques y la tercera «línea roja» del Kremlin, que prohibía el despliegue de tanques de Occidente en territorio ucraniano, también quedó en agua de borrajas. Siguiendo el mismo patrón de ocasiones anteriores, el ecosistema de desinformación pro-Kremlin pasó de defender esta «línea roja» a ridiculizar el apoyo occidental a Ucrania y negar el impacto que los tanques suministrados por Occidente pudieran tener en el campo de batalla.

Un rojo cada vez más intenso
La principal «línea roja» del Kremlin es la vulneración de la soberanía de sus propias fronteras. Fiel a su naturaleza imperialista, Rusia incluye en este concepto a los territorios ocupados en Ucrania. En declaraciones anteriores, el Kremlin había asegurado que Rusia tomaría medidas de represalia e incluso podría recurrir al uso de armas nucleares si las fuerzas armadas ucranianas atacaban las regiones ocupadas de Crimea y Donetsk. Sin embargo, estas amenazas resultaron no ser del todo ciertas.
En octubre de 2023, EE. UU. suministró a Ucrania misiles ATACMS modificados, con capacidad para alcanzar objetivos a una distancia de hasta 165 kilómetros. Ese mismo mes, Ucrania utilizó por primera vez con éxito estos misiles para atacar objetivos rusos en el este del país. Posteriormente, a principios de 2024, recibió una versión de mayor alcance del misil ATACMS, con un alcance de hasta 300 kilómetros. Y, de nuevo, lanzó ataques contra las instalaciones militares rusas en los territorios ocupados.
Como era de esperar, el Kremlin lo calificó de «escalada». Sin embargo, el mismo Putin, con la mirada fija en el suelo y moviendo nerviosamente los brazos, afirmó repentinamente que los «misiles occidentales, de ningún modo, son capaces de cambiar la situación en la línea de combate». Tampoco hizo ninguna referencia a la vulneración de la soberanía rusa por parte del «Occidente colectivo». Una reacción sorprendentemente calmada considerando que el Kremlin insiste en que los territorios ocupados de Ucrania son parte de Rusia, donde se aplica la Constitución rusa.

En la misma línea, los medios de desinformación pro-Kremlin amenazaron al mundo entero con una escalada y una guerra nuclear durante las extensas negociaciones entre Ucrania y sus aliados sobre la cesión de aviones de combate F-16 a las fuerzas armadas ucranianas. Sin embargo, las amenazas rusas resultaron ser simples palabras vacías y las narrativas del Kremlin sobre la «inútil» ayuda militar de los aliados de Ucrania también fracasaron: Ucrania recibió su primer avión de combate en verano de 2024. Los portavoces de la desinformación del Kremlin cambiaron su discurso y pasaron a afirmar que la entrega de aviones F-16 a Ucrania solo servía para «mejorar» la imagen de Rusia y de Putin. Y una vez más, otras de las célebres «líneas rojas» de Rusia (como el uso de ATACMS contra objetivos en los territorios ocupados en Ucrania o la entrega de F-16 a las fuerzas aéreas ucranianas) resultaron ser, en el mejor de los casos, de un tono rosa descolorido.
Territorio soberano de Rusia
La operación de las fuerzas armadas ucranianas en la región de Kursk, que comenzó el 6 de agosto de 2024 con un ataque en territorio ruso, mostró, una vez más, la maleabilidad de las «líneas rojas» del Kremlin. La incomodidad era palpable, pero al Kremlin le costó un buen rato encontrar palabras con las que comentar algo al respecto y, mientras tanto, trató de mantenerse impasible ante la complicada situación a la que se enfrentaba.
Los medios de desinformación pro-Kremlin se esforzaron por dar con el discurso perfecto para describir lo sucedido y compararon el ataque fronterizo con la batalla de Kursk de la Segunda Guerra Mundial, apelando al patriotismo de la ciudadanía rusa. Por supuesto, se estaban refiriendo a los «mercenarios de la OTAN» que habían burlado la frontera rusa (lea este artículo de EUvsDisinfo para obtener más información).
La operación ucraniana en la región de Kursk evidenció lo vacías que son las amenazas del Kremlin. Se cruzó otra «línea roja», el ataque físico en territorio ruso y la vulneración de la soberanía de Rusia, y, una vez más, no ocurrió nada.
Misiles de largo alcance y amenazas nucleares
Como un abusón que fanfarronea y profiere amenazas cada vez más graves para ocultar su propia cobardía, el Kremlin sigue trazando cada vez más «líneas rojas». En respuesta a las conversaciones occidentales sobre el posible levantamiento de restricciones impuestas a Ucrania para permitirle llevar a cabo ataques de largo alcance con armamento suministrado por Occidente, Putin, como era de esperar, afirmó en una reunión del Consejo de Seguridad ruso que esto era «inaceptable» y que Rusia debía rebajar el umbral para el uso de armas nucleares.
«Ahora, cualquier agresión contra Rusia por parte de un Estado que no posea armas nucleares, pero que cuente con el apoyo de uno que sí las tenga, será considerada un ataque conjunto contra Rusia», sentenció Putin, quien estableció de forma rotunda otra «línea roja».

La carta nuclear es el recurso de disuasión más potente en el arsenal de Moscú. El uso de los medios de desinformación pro-Kremlin para amplificar los alardes de Putin sobre su potencial nuclear tiene como objetivo disuadir a los aliados de Ucrania de proporcionarle los recursos necesarios para que se defienda por sí misma. Una vez más, el Kremlin intenta reescribir las «líneas rojas» que ha estado trazando desde el inicio de su invasión a gran escala de Ucrania en 2022, las cuales han demostrado ser sorprendentemente flexibles.
Así pues, es evidente que el Kremlin ha modificado sus «líneas rojas» a su antojo una y otra vez, con la complicidad de la maquinaria desinformativa rusa, que las ha convertido en principios completamente moldeables. El objetivo de Rusia es claro: intimidar al mundo libre y presionar a los aliados de Ucrania para que reduzcan su apoyo al país. De ahí que recurra a una retórica cada vez más beligerante, a la proclamación de «líneas rojas» e incluso a un chantaje nuclear potenciado por la desinformación, con el objetivo de intimidar al mundo. No se deje engañar.